Aquí aparecerán textos de manera aleatoria. Nunca será el mismo y nunca durará el mismo tiempo. Dejemos que el azar nos dicte qué leer.
El gol, ese rayo de explosión y regocijo, se ha transformado en un momento de la duda, y es horrible.
Martín Caparrós
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Aquella tarde importaba el futbol. Fue el sábado. Paco estaba frente a un monitor viendo cómo su equipo favorito desde hace un par de años —cuando decidió que siempre sí le gustaba el futbol y abandonó por completo cualquier otro deporte— arrancaba con todo el entusiasmo posible. Se sentían seguros. Venían de una buena racha: cinco partidos sin perder. En la tribuna los ánimos estaban a tope. La afición, entusiasmada. El San Luis, que venía de perder dos partidos, no era favorito y distaba mucho de lo que el Pachuca podía hacer, un equipo acostumbrado a ganar de último momento en los partidos más difíciles y que siempre presumía a los mejores arqueros del balompié nacional.
Esa tarde también importaban el amor, la patria y las apuestas. Estaba soleado y Paco se limpió el sudor mientras se preparaba una cuba. El aire acondicionado estaba descompuesto. El comentarista del partido enumeró a los jugadores y las posiciones a jugar. Paco los vio y repasó en la imaginación cada una de las jugadas de los partidos anteriores. Recordó el magnífico gol que su delantero favorito colocó en la esquina de la portería tras cobrar un tiro libre; la atajada maravillosa del portero en donde, por un segundo, Paco pensó que aquel hombre podía volar; el gol que al último minuto el mediocampista anotó luego de recuperar el balón en un tiro al arco del equipo rival, desde ahí corrió por toda la cancha, dribló una, dos, tres y siguió la carrera hasta que lo remató con un hermoso tiro que se filtró entre las piernas de los defensas y el arquero. Entonces se preguntó, ¿quién tiene más autoridad para juzgar lo hermoso de un gol?, ¿los comentaristas, los aficionados de la tribuna, los jugadores, los directores técnicos o los aficionados que lo ven por la televisión y se pueden jactar de las repeticiones de cada jugada?
Hugo pensó en su equipo favorito. Recordaba la infancia, cuando jugaba en los equipos que competían en las canchas del barrio, con la ilusión de algún día fichar para un equipo profesional. En aquel entonces se imaginaba como otro jugador del equipo azul y dorado. Era feliz. Sobre todo porque en aquellos años vio a su equipo de futbol favorito coronarse campeón del torneo. Ese año fue glorioso. Era 2004 y los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México se llevaron el bicampeonato del torneo de liguilla de la Liga Mexicana de Futbol. Además ganaron el título de campeón de campeones al derrotar al Pachuca, que fue campeón del torneo anterior. Y le ganaron al Real Madrid en su propio estadio, levantando el Trofeo Santiago Bernabéu.
Durante esos días, Hugo comenzó a portar con orgullo el jersey del equipo universitario. Veía religiosamente cada partido, sobre todo los que pasaban en domingo, en la sala de la casa. Buscaba el mínimo pretexto para gritar el festejo o llorar para expiar las penas ante los errores cometidos. Ver cada partido se tornó un ritual. La sala de la casa estaba dispuesta como un templo. Todo ocupaba perfectamente su sitio, desde las frituras al centro de la mesa, hasta la cerveza de su padre y su jugo de ponche de frutas.
La final del torneo de clausura se jugó contra el Guadalajara. Tras un empate, se convocó la racha de penales en las que Rafael Medina, por parte del equipo de las Chivas, falló el tiro. Luego los Pumas jugaron la final del torneo de apertura contra otros rayados, pero ahora los de Monterrey, ganando así el título histórico de bicampeón. Era la primera vez que ocurría. Sin embargo, en el 2005 el equipo cayó en un pozo del que fue difícil recuperarse y recibió por parte del Cruz Azul una goleada de cinco anotaciones a cero. Desde ahí Hugo dejó de ver los partidos de futbol porque en la televisión siempre repetían las jugadas que fueron grandes hazañas y luego las comparaban con los partidos desastrosos en los que los universitarios caían en la derrota.
Ahora, en una cancha en el centro del país, muy lejos de la televisión, veintidós hombres corrían tras una pelota como Paco lo hizo en sus mejores tiempos de futbolista de llano. Él sí iba a ser futbolista profesional, de verdad, pero se chingó la rodilla. Ya hasta estaba por incorporarse a la cantera universitaria. Atesoraba en su ropero un pequeño uniforme como prueba de aquel momento que marcó su destino. Además, en su habitación, tenía enmarcado un jersey firmado por todos los integrantes del equipo en aquella temporada. En el otro extremo de la sala, sentados en el sillón más grande, Hugo y Rosa conversaban sobre las clases de francés que nunca terminaron, pero les bastaba para decir dos o tres frases del chiste y la carcajada.
Era el sexto día y se hizo el silencio. Hugo apagó el televisor y se sentó a la mesa. Se recargó sobre sus codos para descansar y sopló para levantar el cabello que le caía sobre el rostro. Apostó la mitad de su quincena a que ganaba el Pachuca. Aunque no quería ver el partido. Confiaría en la suerte. Mientras, el sol se filtraba por la ventana y rebotaba en todas las cosas como llenándolas de una luz más pura, más transparente. Hugo llevaba tiempo sin apostar y cuando llegaba a hacerlo era en contra de su equipo con la firme esperanza de verlos ganar y pagar la ofrenda; y si perdían, cobrarse el honor.
Hugo recordó cómo después de aquellos años de gloria vio a los jugadores buscando otros empleos y apareciendo en la televisión por otros motivos ajenos al futbol. Por ejemplo, un comercial televisivo que ofertaba uno de los celulares de moda, con publicidad de la película de Los Increíbles, ponía al capitán Beltrán dentro de una caja como una figura de acción; el Kikín Fonseca comenzaba a perfilarse, con breves apariciones televisivas, como un futuro comentarista deportivo; Diego Alonso se viralizó, inclusive antes del gran boom del internet, debido a un polémico gol en el que sorprendió al portero y cuando el arquero estaba por despejar la pelota —y sólo la sostenía con una mano—, el jugador universitario le dio un cabezazo al balón para poder anotar un maravilloso gol que por supuesto fue anulado aunque no estuviera contra el reglamento; Bruno Marioni compartía, a la par del futbol, su gusto por los automóviles y las carreras, motivo por el cual al anotar un gol se tiraba sobre el césped para hacer la mímica en la que imitaba los cambios manuales al conducir y giraba el volante, aunque luego terminaría por jugar en el Pachuca; y los Pikolines, que eran motivo de burla por su físico no muy agraciado, siendo blanco de chistes bajo la sentencia de que el destino es cruel, pues no se trataba de uno sino de dos; además Hugo Sánchez, el emblemático director técnico de aquel cuadro, prefirió dejar el equipo y aprovechar su pasado como dentista para aparecer en un comercial de pasta dental y recomendarla con la autoridad que un pentapichichi y odontólogo tiene, atrás quedaron las glorias de su paso por el Real Madrid y terminaría por dirigir a la selección mexicana con un resultado sumamente mediano. Ahora sólo quedaba la nostalgia de un equipo que fue la gloria. Hugo leyó alguna vez, y lo recordó en aquel momento, que la gloria era como la belleza: inútil pero maravillosa.
Rosa se incorporó. Su piel brillaba con el sol. Se acercó a la mesa, puso la mochila sobre la silla, con nerviosismo, y le habló a Hugo para que se acercara. Entonces aquel hombre dejó de pensar en la pelota. Rosa sacó de la mochila dos chocolates en forma de Hello Kitty. Estaban envueltos en un celofán rectangular con restos de chocolate a los extremos.
—Güey, ¿por qué Hello Kitty?
La pregunta quedó en el aire. Al igual que Hugo, Paco y Rosa se preguntaban lo mismo. Nunca entendieron el motivo por el cuál los cárteles de la droga y los dílers comercializaban sus productos utilizando como distintivo a personajes animados. Sólo lo sabían. Crecieron con historias dignas de telenovelas: afuera de las escuelas daban dulces o tatuajes temporales y calcomanías a los niños para introducirlos al mundo de las adicciones. Sin embargo, el mercado no estaba en los niños sino en los jóvenes nostálgicos. A estas alturas ya habían visto de todo: cocaína en bolsitas con etiquetas donde desfilaban los personajes de Dragon Ball; pastillas con formas de rostros de personajes de series como Los Simpson y Futurama o simulando cubos de Lego; y cuadros de LSD donde Los Caballeros del Zodiaco reclamaban el universo. Sin duda alguna todo tiempo pasado fue mejor.
—Dijo Sofía que estaban cabrones, ¿quién le va a entrar primero? —preguntó Rosa.
—Yo —respondió Paco. Lo tomó para morderlo en la oreja. No quería que nadie escuchara.
—Pues voy.
Hugo extendió la mano para tomarlo y mordió lo que faltaba del lado izquierdo del rostro. Luego fue el turno de Rosa. Dos bocados más. Encendieron el televisor, sirvieron tres cubas y tiraron a la basura las bolsas de celofán.
El sol estaba alto y la pelota rodaba por una cancha a miles de kilómetros de ahí.
0:1 (51’)
Hugo interrumpió a Paco mientras se lamentaban por el primer gol del San Luis. Rosa no paraba de reír. Hugo se fastidió.
—No chingues, acaban de pasar diez minutos desde que metieron gol —dijo—. Es más, ya casi se va a terminar el partido. ¿En qué momento?
—Güey, sentí que ya había pasado media hora.
Rosa todavía estaba riendo.
—No mames, yo sentí como si nomás hubieran pasado dos minutos —respondió Paco.
Estaba confundido. Chistó. Tenía que pagar las cuentas y la quincena apenas le alcanzaba.
—¿Qué pedo con el reloj? —preguntó Hugo tras un rato.
—No sé, ¿qué pedo con el tiempo? —preguntó Paco.
Entonces la sorpresa inundó el rostro de los dos. El chiste se presentó solo. Imaginaron la escena de dos poetas jóvenes hablando, irremediablemente, de poesía. ¿De qué más podían hablar? En una esquina un poeta que nunca alcanzó la gloria pregunta la hora; en la otra, José Emilio Pacheco —así, pachequísimo— reclamándole: no me preguntes cómo pasa el tiempo.
No paraban de reír. Los tres compartían un humor simplísimo. Crecieron viendo los programas de comedia de televisión abierta y a los comediantes de pastelazo y la carcajada fácil. Hasta se les olvidó el primer gol del San Luis. Sólo se lamentaron porque el Pachuca bajó la guardia. Todo el primer tiempo estuvo al ataque y tuvo varias oportunidades de gol, pero al arrancar el segundo tiempo se echó a la defensa.
—¡No! —gritó Paco.
Pasaron otros diez minutos y el Pachuca se acercó a la portería del contrincante. No fue gol y nadie más volvió a hablar. Ahora Hugo y Rosa descansaban en un sillón. Hugo pensaba en comprarse un automóvil clásico. Rosa soñaba con regresar a España y ser actriz profesional. Sus años trabajando en el teatro local no bastaban para cumplir la promesa que se hizo de niña.
Hugo también pensaba que el cansancio de la vida de oficina lo iba a acabar. Ya no era el punk de las clonas y las caguamas. Era un hombre con responsabilidades. Llevar la nómina y ver, con tristeza, cómo su sueldo apenas le alcanzaba para sobrevivir. Nunca pensó que fuera bueno con los números, pero terminó trabajando con ellos. Pinches contadores. Y pinches poetas, son peores que los contadores, por eso él no escribía versos, como Rosa, que alguna vez ganó un premio nacional de poesía, simplemente le bastaba con leer algunos libros al año. Después se acomodó en el sillón. Se sentía cansado pese a la levedad del cuerpo. Pensó: tengo que pagar la renta, pagar los servicios, llenar la alacena —una frase gastada que heredó de su padre, porque nunca la llenaba— y guardar dinero para escaparme al cine. Estaba intranquilo.
Paco tenía que pagar una apuesta. El cabrón de Luis se lo chingó con dos mil pesos. El sol comenzaba a ocultarse y la pelota descansaba detrás de la portería.
0:2 (55’)
Al final del partido, cayó la tarde y también cayeron los ánimos. El sol ya no iluminaba todos los tejados, pero el día estuvo soleado, de eso no cabía duda. Lo repitió Hugo cuando se puso las gafas de Paco. También se puso los audífonos enormes de Rosa y le jugó al conductor de noticias al servicio del Estado.
—El día estuvo soleado y el Pachuca perdió contra el San Luis.
Hugo pensó en el Perro Bermúdez, en la pelota al fondo del fondo: ahí, donde las arañas tejen su nido; donde los topos tienen su madriguera. El Pachuca no anotó ningún golazo, como en partidos anteriores, como en esas escenas que Paco reprodujo en la memoria.
—Sí —respondió Paco. Fue apenas un murmullo. Había algo amargo en su voz.
Rosa lo notó, pero no quiso preguntar el motivo. Hugo sólo sentía cómo el peso le regresaba al cuerpo.
—Bueno —dijo Rosa para romper la tensión—, creo que es hora de irme. Tengo que volver a casa.
—¿Te sientes bien? —preguntó Paco.
Estaba preocupado. Rosa pensó que tal vez la pregunta fue para sí mismo. Nadie dijo nada. Una extraña nostalgia habitaba en la mirada de los tres. Por un momento fue como si recordaran algo que ni siquiera les tocó vivir, pero que escuchaban de boca de sus padres, desbordados de emoción. Hugo recordó la pasión con la que su padre le contaba del histórico partido que le tocó ver cuando vivía en la Ciudad de México. Hugo recuerda mal. No sabe si fueron los cuartos de final o la final misma. Pero sabe que aquel día se jugó el partido más importante de la vida.
El domingo 22 de junio de 1986 se jugó aquel partido en el que Argentina enfrentaba a Inglaterra. Se trataba de la revancha. Cuatro años antes se enfrentaron en el campo de batalla en la Guerra de Malvinas. Tras la derrota argentina, demostrando los últimos vestigios del imperialismo europeo, las relaciones diplomáticas cesaron. Sin embargo, aquel domingo de nuevo se verían las caras. Se trataba de otro campo de batalla. Ahora la guerra se llevaba a cabo en una cancha de futbol en donde lo que se disputaban era la copa del mundo.
Malvinas es un tema delicado en la memoria de Argentina. El archipiélago, ubicado dentro del mar argentino, a 500 kilómetros de la costa, se proclama como un territorio perteneciente a la corona británica, de la cual Argentina exige autonomía. Por eso, con la Operación Rosario en 1982, Argentina pretendía tomar las islas y reconquistarlas. Durante esos años la crisis económica y política era insostenible. La dictadura endeudó a Argentina hasta el declive y los golpes militares eran una amenaza que merodeaba al poder desde todas las trincheras.
La única esperanza estaba depositada en el futbol. Si su ejército había fracasado, la selección no lo haría. Sobre todo porque tenía al mejor jugador del mundo: Diego Armando Maradona. La selección argentina tenía todo para levantar la copa, conquistar la gloria y darle a Argentina la felicidad que se merecían. Era una venganza justa.
Esa tarde, en el Estadio Azteca, sucedió algo realmente maravilloso. Tras un sorpresivo tiro libre a inicios del primer tiempo y un descanso que sacudió los ánimos, arrancó el segundo tiempo. Ahí sucedió la magia. La escena es hermosa: Diego brincando junto con el portero, levanta la mano para llevarla al rostro y empujar la pelota para anotar el primer gol del partido. La afición estalla entre la alegría y el coraje. La escena es tan hermosa que pareciera que sigue ahí, suspendida en el tiempo. Los ingleses le reclaman al árbitro, pero a Diego no le importa. Está jugando bajo la misma dinámica que los conquistadores. Pareciera que la respuesta es que si los ingleses robaron las islas, qué más da que los argentinos le roben un gol. Es una forma de vengar la muerte de los pibes argentinos.
Apenas cuatro minutos después ocurrió otra escena que quedó grabada para siempre en la historia del futbol. Se trata de la impresionante carrera de Maradona controlando el balón para anotar uno de los mejores goles de todos los tiempos. El periodista Víctor Hugo Morales narró la escena como pocos. Es el gol del siglo y sin duda se tiene que narrar con la emoción desbordada ante una jugada sin comparación:
—Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos; pisa la pelota, Maradona, arranca por la derecha el genio del futbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga. ¡Siempre Maradona! ¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta. ¡Goooooool! ¡Goooooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el futbol! ¡Golazooooooooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme. Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Barrilete cósmico. ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2. Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegooooool, Diego Armando Maradona! Gracias, Dios, por el futbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0.
Inglaterra anotaría un gol sólo para no despedirse con el terrible cero de la indiferencia. Además era una revancha ante el primer gol. Sin duda la gloria esa noche fue para Argentina y para Diego Armando Maradona.
Tras la pregunta de los periodistas a Maradona por aquel polémico gol, él se limitó a responder:
—Es que lo hice con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios.
La bendición del Todopoderoso lo cobijó en aquel partido. Luego lo perdió de vista. Después su carrera entró en declive: los excesos terminaron por condenarlo y se vio envuelto en un sinfín de polémicas. Primero jugó en el Nápoles, uno de los equipos venidos a menos en Italia, en donde el estatus de estrella lo llevó a relacionarse con presidentes, celebridades y hasta capos del narcotráfico. Luego, tras su retiro de las canchas como jugador, llegó a dirigir un equipo prácticamente desconocido en Sinaloa, el paraíso de la droga en México. La afición entendía que Dios también tiene un gran sentido del humor. Aunque Maradona sabía reírse de sí mismo. Una de las fotografías más icónicas del astro argentino lo muestra con una jersey verde y blanco que dice «No drugs». En esa ocasión se sumó a una campaña antidrogas.
—Si no hubiera sido Maradona, ¿quién le hubiera gustado ser? —le pregunta un entrevistador en una de las últimas apariciones de Maradona en televisión.
—Charly García —responde el jugador argentino. El cinismo no sorprende.
Charly, otro de los grandes ídolos argentinos, guarda entre sus hazañas haberse lanzado a una alberca desde un noveno piso en un hotel de Mendoza. Pero también acumula una vida de excesos: de alcohol, drogas, sexo y mucho rocanrol. A decir verdad nadie sabe por qué se lanzó. El video casero que guarda la hazaña fue grabado por un golpe de suerte. Eso que algunos reporteros llaman el olfato periodístico. El camarógrafo escuchó gritos y en cuanto presionó rec y dirigió la cámara al hotel, Charly ya caía. En un documental televisivo, el músico cuenta la historia de manera desenfadada.
—¿Sabés por qué me tiré? Porque me perseguía la policía. Había un policía abajo. Cuando subió, me dijo Yo soy la policía. Y le dije ¿Y quién te mandó a no estudiar? Me reí mucho.
Hugo cantaba junto a uno de sus mejores amigos de secundaria aquella melodía que Charly compuso luego de tirarse a la alberca. Estaba muy aburrido en mi Mendoza fatal, dije, ¿qué me falta ahora? Sólo aprender a volar. También, entre los tantos motivos, dijo que se lanzó para ver a Dios.
—Cuando iba cayendo pensaba que iba a ver a Dios, pero no te vi —le dijo a Maradona en un programa televisivo que los reunió. Para entonces Charly ya había compuesto su Maradona Blues.
Por eso la respuesta del futbolista parece absurda. Ser Charly García es pasar de ser el ídolo del futbol argentino a ser el ídolo del rock argentino.
—¿Te sientes bien? —insistió Paco.
Hugo dejó de repasar aquellos recuerdos que le pertenecían a su padre, pero de tanto escucharlos comenzaba a asesorarlos como propios. Rosa asintió con la cabeza. Salió de la casa. Se escuchó el ruido del motor y de nuevo el silencio. Ya era noche. Paco mantenía la mirada fija en un cuadro con la fotografía de su familia. Hugo recordó el partido que vio unos días antes. Se preguntó por las posibilidades de un gol anotado por fortuna o por desgracia, con la zurda, la derecha, la cabeza o la mismísima mano de Dios. En ese partido, Messi, el heredero de Diego Armando Maradona, anotó un gol maravilloso. El partido fue complicado. El narrador estaba al borde del llanto cuando dieron el silbatazo final. Argentina ganó. Después de derrotar a la selección holandesa, obtenía el pase a semifinales. Era su oportunidad para volver a levantar la copa del mundo después de 36 años.
—¿Qué te hemos hecho, Dios, para que en la victoria suframos tanto? Pero ya está. Ganamos. ¿De qué otra forma podría ser? El destino no lo escribimos nosotros, el destino lo escribe Dios. Y no está de más recordarles que Maradona está a la derecha del Padre.
0:2 (Marcador final)
En el taxi de vuelta a casa, Hugo escuchó el himno nacional. Su automóvil comenzó a fallar y lo tuvo que estacionar cerca de un parque a dos cuadras del centro de la ciudad. Después ya no quiso arrancar. Estuvo esperando alrededor de media hora por un taxi y cuando por fin se detuvo uno, deseó seguir esperando un rato más. Por un momento no pudo dejar de lado los prejuicios con los que creció. Al ver al chofer supo que las cosas no iban bien. El hombre era gordo y llevaba una playera de la selección nacional casi a reventar. La barba le delineaba el rostro. En el estéreo sonaba una canción de un cantante norteño que se jactaba de ser el más chingón del mundo. El chofer bajó el volumen y le preguntó para dónde iba. También le preguntó si le molestaba la música. Hugo respondió que iba a casa y luego se limitó a sonreír. Se subió.
A medio camino, dieron las doce en punto. Ahora el chofer no preguntó nada y cuando el cantante de la radio entonó el recuerdo de gloria y el sepulcro de honor, le subió el volumen a la radio para reafirmar el amor a su nación y mostrarle al mundo que su automóvil era una trinchera de la patria. El himno sonaba como una alabanza. Hugo recordó la primera vez que fue a una iglesia. A veces se sorprendía cantando una alabanza. Tú, has venido a la orilla. No has buscado ni a sabios, ni a ricos. Tan sólo quieres que yo te siga. Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo, has dicho mi nombre.
También pensó en las hinchadas gritando a coro, con la emoción desbordada, una porra para apoyar a su equipo. ¿Cómo no te voy a querer?, ¿cómo no te voy a querer? Si mi corazón azul es y mi piel dorada, siempre te querré. El Real Madrid, después de la derrota ante el equipo universitario en 2004 con el Torneo Santiago Bernabéu, adoptó la misma porra que la gente coreaba para los Pumas. No se trataba de la derrota, sino de la conquista. Se adueñaron, inclusive tras perder el partido, de una porra que la gente pronto comenzó a creer que era de ellos. ¿Cómo no te voy a querer?, ¿cómo no te voy a querer?
Hugo se preguntó qué tan diferente era un himno, una alabanza o una porra. Recordó cuando entrevistaron a un miembro de la iglesia de Maradona.
—¿Cuál es la diferencia entre los católicos y los maradonianos? —pregunta con incredulidad el entrevistador.
—Que nosotros tenemos la certeza de que Maradona existe —responde el hombre con una felicidad definitiva.
El chofer continuó cantando el himno nacional. También pensaba que el segundo mejor himno era el propio, sólo por detrás de la marsellesa. Este mito era replicado en cada país latinoamericano. Los franceses sabían venderse muy bien. Y el chofer, seguro de estar cantando uno de los himnos más preciosos del mundo, inflaba el pecho de orgullo. Pensaba que sería hermoso ser un mártir de la patria y morir por lo que uno cree: sacrificarse por los ideales, luchar por ellos.
Cargaba en la guantera cuatro cigarrillos de mariguana, una bolsa con cincuenta gramos con yerba, una caja con pastillas de todo tipo, desde clonas hasta fentanilo, una pequeña caja de cigarros con diez envoltorios de cocaína, una bolsa con cien envoltorios de cristal y un sobre de papel con 60 mil pesos en efectivo. Fajada en la sobaquera, una pistola nueve milímetros. Sin duda su automóvil era una verdadera trinchera de la patria y él era un hombre elegido por la mano de Dios.
Collage: Ángel Machado.